A lo largo de nuestra vida hemos ido aprendido poco a poco a liderar. Lo hemos hecho viendo a nuestros padres, tíos, abuelos, profesores, jefes, …. y cada uno de ellos nos ha transmitido a su manera una forma de dirigir y tomar decisiones.
Se trata de un aprendizaje muy intuitivo que en buena parte se queda almacenado en nuestro inconsciente. ¿Cuántas veces pensamos en cómo abordaban los conflictos nuestros familiares u otras personas con roles de autoridad más o menos parecidos? La respuesta suele ser que muy pocas, lideramos haciendo uso de los recursos que hemos ida adquiriendo desde que nacimos sin apenas reparar en ello.
Esto genera múltiples reflexiones, pero hay 3 especialmente interesantes:
1. No solemos ser conscientes de todo lo que sabemos sobre liderazgo (desconocemos nuestros prejuicios, nuestro potencial, nuestras limitaciones, …).
2. Pese a contar con una gran experiencia sobre cómo liderar, no contamos con una estructura, un tanto teórica, que nos permita conectar y comprender nuestras vivencias y creencias. Dicho de otro modo, poseemos mucha información, pero está un tanto desordenada.
3. Nuestra visión del liderazgo está muy condicionada por “cómo nos ha ido la vida”
Por todo ello, cuesta pensar que una formación completa en liderazgo puede circunscribirse a un curso, master, etc. fundamentalmente teórico (aunque incluya el análisis de casos prácticos). Ejercer el liderazgo de una forma adecuada es algo más, requiere tomar conciencia de los patrones que guían nuestra forma de dirigir, tener un mayor control sobre los mismos, desmontar prejuicios que no nos sirvan y adquirir habilidades que por el motivo que sea no poseemos.
Además, es importante conocer cómo funciona un grupo. Más allá de cuestiones cercanas a la burocracia (modalidades de contratación, etc.) o de carácter técnico relacionadas con el cumplimiento de la tarea (es decir cómo se llevan a cabo las funciones distribuidas en un equipo), liderar supone gestionar personas y por tanto la parte emocional que determina su forma de relacionarse y la del grupo en general. En un equipo de trabajo suceden muchas cosas en planos emocionales (procesos de cambio, conflictos, etc.) que resulta indispensable detectar y comprender si se quiere acertar a la hora de tomar decisiones.
Y por último resulta clave entender que nuestra entrada a un grupo es el rol, que nos relacionamos a través el mismo y que justamente el rol del líder es, con diferencia, el más complejo de todos.
Para todo ello, como comentaba antes una formación “al uso” suele resultar corta. La alternativa (o complemento) puede ser una formación experiencial basada en el hecho de formar parte de un grupo de entrenamiento y analizar todo lo que sucede en él. Este tipo de metodología promueve un aprendizaje continuo que permite entender cómo funciona a nivel relacional un grupo, lo que supone liderarlo, las opciones y estilos que existen a la hora de dirigirlo y las habilidades que posee una persona para ello (y las que poseen los demás). En definitiva, este tipo de formación además de proporcionar herramientas y conocimiento impulsa el cuidado y crecimiento de aquellas personas que apuestan por ella.
Rivendel Grupos y Organizaciones
